sábado, 5 de diciembre de 2015
Mierda
“Todos los hospitales huelen a mierda, a tristezas y a lágrimas”, gritó el hombre vestido de blanco. En ese momento no lo comprendí y esbocé una sonrisa de complicidad con la enfermera que me miraba, entre absorta y trémula, cómo yo, esa muchacha escuálida pero con fuerzas divinas sostenía a mi hermano, quien tirado en una camilla, lloraba de dolor.
En ese momento no tenía sentimientos ni malos ni buenos, ni siquiera compasivos. Pero horas después, era una sensación insana y constante la que me atormentaba. Desde un inicio quise olvidar. No imaginé que serían demasiadas las horas que esperaría a que alguien atendiera a mi hermano, que no estaba muerto, pese a que un auto lo atropelló y los bomberos dramatizaron sobre su verdadero estado de salud, pero que lloró todo el trayecto por el dolor. Era un muchacho de apenas 22 años cumplidos que yacía casi moribundo. Ningún enfermero lo atendió esa noche.
Esa primera noche murieron tres personas en la zona de emergencias. Dos hombres heridos de bala, en un asalto y una mujer acuchillada por el marido celoso del carpintero—eso leí en las portadas de los periódicos la mañana siguiente—fueron las primeras personas que vi morir.
En la segunda noche, una niña murió de frío y en soledad. Su madre había salido a comprar medicamentos, porque en los hospitales estatales estos escasean. Algunos médicos y enfermeras o alguien más los venden a las docenas de farmacias que rodean los hospitales.
La tercera noche, murió Ana Maria Alva, una dama de cabellos ensortijados que ingresó con fiebre de 40 grados y que me hizo la conversa apenas le bajó la calentura. Hablamos horas de la vida, del amor y del silencio en las noches de apagones en la época del terrorismo. En la mañana iba a ser dada de alta, pero amaneció muerta. Nadie supo explicar por qué murió. Al día siguiente sus familiares denunciaron que un doctor de apellido Gonzales era culpable de negligencia médica.
“Mierdas”, gritó otra vez el tipo de la primera noche. “Todos vienen a tratarse a esta pocilga y quieren la mejor atención. Nadie se queja, todos esperan resignados como borregos su turno, pero cuando muere alguien nos enjuician, nos condenan. Qué exijan al gobierno y no a nosotros mejores centros hospitalarios. Mierda”, dijo antes de desaparecer.
La cuarta noche no murió nadie. El día quinto amaneció muerto Marquitos, un niño con hidrocefalia que murió de tristeza porque alguien le había dicho que él no era hijo de Dios. Ni los médicos pudieron hacer nada, tampoco había camas para que muriera en la zona de niños lindos, en una cama con sábanas blancas. Murió en emergencias, porque los que no son hijos de Dios, no merecen ni siquiera morir con dignidad. Sus padres se lo llevaron esa misma noche y al día siguiente antes del mediodía fue enterrado entre alabanzas y cantos agradeciendo a Dios la vida eterna que seguro él ya gozaba porque todos—él nunca lo supo—éramos hijos de Dios y creados a su imagen y semejanza.
“Malditos hospitales, todos huelen a mierda", me dijo la noche en que nos conocimos. Él era doctor, de los insensibles, por supuesto. Pero al fin y al cabo, a veces salvaba vidas y eso es lo que importaba. Para él todos los hospitales olían a mierda, pero siempre me decía con demasiada ternura, que si a veces se salvaba una vida, solo una, todo esfuerzo era compensado con la alegría de los parientes y del mismo paciente.
Mierda, fue su palabra favorita, pero la mierda siempre se quedaba afuera, nunca entraba en el hogar. Jamás. Nunca hablaba de sus pacientes ni de sus compañeros de trabajo. Era cariñoso con nuestras hijas y amable con la señora que me ayudaba en los quehaceres. Amaba más que yo a mis padres y a mi hermano el que fue atropellado esa noche en que lo conocí. Lo trataba con respeto y admiración, porque a pesar de su invalidez, él vivía feliz y con proyectos que lo hacían permanecer miles y miles de horas en su computadora. Nadie entendió bien qué diablos hacía, pero Juan Carlos siempre estaba ocupado y feliz. Además ganaba dinero con lo cual ayudaba en casa a mis padres que ya no trabajaban ni hacían mandados para sobrevivir. En nuestro hogar ya no hubo sensaciones insanas ni trémulas nunca más.
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